Por Cristian Vitale
Hace una semana, en medio de la noche,
doce trabajadores del Hotel Bauen fueron rociados con aerosol en los ojos y
apaleados por la policía, mientras intentaban asistir a una sesión legislativa.
La hora de “trabajo” –2 y media de la mañana–, la orden de desalojo del
presidente de la Cámara, Santiago de Estrada, y la presencia de, al menos, 60
efectivos de la Policía Federal indican que no se trataba de un tema menor: los
viejos dueños del hotel –la familia Iurcovich– pretenden recuperar la empresa,
luego de abandonarla y vaciarla con trabajadores y todo hace cuatro años.
Acudieron, como suele pasar, a políticos que expresan sus intereses. El macrismo
les vino como anillo al dedo: “Aunque no se votó la devolución inmediata, como
pretendía el macrista Miguel Morando, la Legislatura acordó una iniciativa que
pretende obligarnos a negociar con la patronal. Quieren que se les devuelva el
edificio y liquidar la gestión obrera. Desde ya, no nos vamos a sentar”, desafía
Gerardo Pensavalle, uno de los trabajadores. El choque de fuerzas se entiende
mejor apelando a la historia reciente: en diciembre de 2001, plena crisis, los
dueños consideraron una pérdida al hotel, lo cerraron y dejaron toda su fuerza
de trabajo –80 personas– en la calle. El hotel estuvo casi dos años tapiado,
hasta que en marzo de 2003, 30 ex trabajadores pusieron manos a la obra y lo
reactivaron. “Estaba destruido, no tenía agua caliente ni teléfono. Las
habitaciones estaban arrumbadas y costó un laburo bárbaro reabrirlo. Hoy somos
150 trabajando, los salones están a pleno, con eventos de todo tipo –clases de
tango, shows, obras de teatro, conferencias, proyección de películas y un largo
etcétera– y vamos por más”, informa Fernando Tonareri, otro de los implicados en
la lucha, desde el lado del trabajo. “No hay lobby empresarial, presión o
chantaje que pueda impedir nuestra gestión.”
El estado de cuestión motivó el
apoyo de dos grupos de rock, uno argentino y otro español, que no son ajenos a
las causas sociales. Attaque 77 y Reincidentes –que hoy animarán el festival
antiguerra en la cancha de Ferro, ver aparte– estaban ahí, junto a los
trabajadores, y la reseña del conflicto les detonó objetivos acordes. “El fin es
hacer que los empresarios sientan vergüenza. Participar al país de esta
injusticia. Attaque 77, hoy, es una banda metida en el seno de la familia y lo
bueno es que esto se comente en las casas”, sostiene Ciro Pertusi, cantante de
la banda desde El cielo puede esperar (1990). No es la primera vez que el grupo
se suma a una movida así. Ya lo hizo con Zanón, en Neuquén, y con otras de las
160 empresas autogestionadas. “Nuestro objetivo es priorizar el trabajo por
sobre sus costos políticos y físicos. A la gente de Zanón le han dado grandes
palizas y se la sigue bancando. Luchar por el trabajo a cualquier costo es algo
para tener muy en cuenta”, agrega Luciano Scaglione, el bajista que llegó al
grupo después de Angeles Caídos (1993).
Precisamente, el perfil –y el origen–
obrero que traen los Attaque en las venas los llevó a trabar fluida relación con
Reincidentes, cuando decidieron ampliar fronteras, en 1999. Si bien el primer
contacto en España fue con los extintos Ska-P y otra banda punk llamada
Porretas, la amistad que forjaron con los sevillanos parece indestructible.
“Siempre fueron desinteresados, hicieron todo de onda. En Sevilla viven parecido
a como se vive acá en el interior: ‘La puerta abierta, lo que hay te ofrezco’.
Nos brindaron a su público, nos abrieron una gran puerta”, agradece Ciro. Cuando
Attaque se cruzó con Reincidentes, primero en Euskadi y después en dos
memorables conciertos en Obras, éstos ya tenían una nutrida historia detrás.
Nacidos en 1987, Juan Barea, guitarrista, Manuel Pizarro, baterista, y Candy,
que se integró e 1993, eran referentes inevitables de la resistencia y la
contracultura “con olor a The Clash”. El segundo disco, Ni un paso atrás (1991),
tenía en su tapa una adaptación de los fusilamientos de Goya a la conquista de
América y hablaba claro de sus intenciones: la oposición desde el centro a la
celebración del VCentenario. De hecho, la policía los reprimió en un concierto
contra los “festejos” y se llevó detenido a uno de sus músicos. Radicalizados y
mediums entre el punk y el heavy, para el cuarto disco (Sol y Rabia, 1993),
Reincidentes se transformó en un foco andaluz de rebeldía, que se desparramó con
su bandera de justicia social por el mundo. Los trabajos que devinieron (Te lo
dije, de 1997, Y ahora qué, de 2000) profundizaron en temáticas de las que ni
Attaque ni los trabajadores del Bauen están exentos: las diferencias de riqueza,
la globalización, la dominación de ciertos medios y la tozuda idea de que un
mundo mejor es posible. “Nosotros también somos una cooperativa”, señala Juan.
“Desde el que compone hasta el asistente de sonido no sólo cobra igual, sino que
se siente orgulloso del modelo cooperativista. Cuando la gente entienda lo que
significa esto, será indestructible. Nos encanta ver cómo funcionan otro tipo de
cooperativas como la de este hotel.”
La referencia, claro, retoma la cuestión
Bauen. No sólo el modo cooperativo, sino la actitud militante hacia dentro y
hacia fuera anexan, reforzadas, las intenciones de sus trabajadores con las de
los rockers. La banda española, en casa, tiene sello propio desde el 2000 (La
otra orilla) que trueca lo que ellos llaman la caridad posmoderna (ONG’S) por
una acción concreta, destinada a resolver problemas urgentes a los trabajadores
inmigrantes de su país (el cuarto mundo), representados el Movimiento contra el
paro, la pobreza y la exclusión social (MPPE), que funciona en Málaga. Tampoco
les es ajena la veta latinoamericanista –escuchar la versión dura de Plegaria
para un labrador, de Víctor Jara– ni las ganas de transformar la realidad: “Otro
mundo es posible/ necesito que sea tangible”, cantan en el tema Revolución.
“Desde España se mira con interés la mezcla del mercado con economía social que
plantean Lula, Kirchner y Chávez. Deseamos que las diferencias sociales tan
groseras desaparezcan, sin milicos vigilando”, señala Manuel, el guitarrista.
La mención a los militares detona un dato insoslayable en Federico, otro
trabajador del Bauen. Y no solo por cuestiones represivas. Ocurre que los
Iurcovich –que según los trabajadores cambian de razón social a cada rato–
habrían levantado el hotel con un millonario crédito que pidieron al Estado
nacional en 1978. Y nunca reintegraron el dinero. “El hotel fue construido con
fondos públicos”, detalla Gerardo. “Los ex dueños tomaron un crédito y nunca
devolvieron el dinero al erario. Y ahora vuelven por una propiedad que
supuestamente es de ellos, pero que en realidad fue construida con fondos de los
argentinos. Encima, después de haber explotado al hotel y a sus trabajadores
durante años, construyeron otro a la vuelta y unas cabañas en Brasil. Es el
resumen de la historia argentina de los últimos 30 años en 20 pisos.” Ciro se
suma: “Es digno luchar por el trabajo en un país donde el trabajador es visto
como un gil y siempre se busca sacar la lotería o hacer la fácil. En España no
es así: allá, el trabajo es saludable, como fue aquí en el pasado. Debería
volver a serlo”.
Para que los trabajadores del Bauen mantengan sus fuentes
tienen que ocurrir varias cosas. Primero, que no evolucione el proyecto de ley,
avalado y motorizado por el macrismo, que busca la entrega directa del edificio
a sus antiguos dueños. Después, procurar que la iniciativa no se extienda a las
otras empresas con gestión obrera, porque la reacción provocaría el
debilitamiento político de los trabajadores: “La verdadera solución es la ley de
expropiación para todas las empresas recuperadas”, determina Fernando. Y
tercero, evitar que ciertos medios tergiversen la realidad, a base de recortes
televisivos o editoriales interesados. “Se tiene que instalar una verdad. ¿Qué
verdad?: que los trabajadores podemos llevar adelante una empresa sin patrones,
incluso con una rentabilidad mayor y más equitativa”, manifiesta
Fernando.
Hay un plus que refuerza el apoyo de artistas, estudiantes y
trabajadores: el elemento solidario. Es cotidiano que parte de las 200
habitaciones se destinen a alojar gratuitamente –y en condiciones muy dignas– a
jubilados y niños del interior que vienen a operarse a hospitales porteños. O
que sirva como recepción a trabajadores del interior, en similares luchas. Según
Gerardo, “el compromiso es contundente. Estamos cuidando una Argentina distinta.
Nuestro enfrentamiento con los Iurcovich es una reproducción del que existe
entre los empresarios que hundieron al país y los trabajadores, que generan
trabajo y no inflación. Nosotros hacemos todo lo que no hace un empresario
normal: pagamos impuestos, pagamos a los proveedores en tiempo y forma,
reinvertimos en instalaciones y sufrimos ataques crónicos, porque consideramos
que al país lo salvan los que producen, los que son honestos, los que entienden
a las empresas como un bien social”.
Ciro, en sintonía, utiliza el nombre del
último disco de la banda –Antihumano, de 2003– para señalar la misma dicotomía
que presenta Gerardo, pero en otros términos. “Nosotros, cuando criticamos en
nuestros temas, tratamos de ponernos como un espejo para ver si no estamos
haciendo lo mismo que criticamos. Ponemos en tela de juicio a la raza humana,
que se jacta de valores que no practica. Antihumano se llama así porque si el
ser humano es esto, nosotros somos antihumanos.” El ser humano, entonces, sería
el trabajador honesto, el que ama lo que hace. “Zanón –prosigue Ciro– me hizo
creer en el ser humano como un ente generador de algo tan básico como es el
amor. Puede sonar romántico, pero la lucha de los trabajadores nace del amor.
Trabajan durante las horas de trabajo y después, en vez de irse a dormir o a
chupar una cerveza, se quedan en la fábrica.”
Dato revelador. Pertusi admite
que se enteró de la movida de Zanón en una casa okupa de Euskadi, hace seis
años. Fue a través de un folleto y el ejemplo funcionó para entender que, en
España, hay quien no piensa en términos sudakas. Todo lo contrario. “Yo me
siento más cerca de un latinoamericano que de un alemán, un polaco o un danés.
Tal vez sea el castellano, o la historia en común. Pero nos sentimos más
identificados con Latinoamérica que con Europa”, manifiesta Juan. En efecto, y
las canciones de Reincidentes hablan por sí mismas, están bien al tanto de las
revueltas indígenas de Ecuador, de la situación explosiva en Bolivia y del
ingreso de Venezuela –vía Chávez– al Mercosur. A partir de ahora, la historia de
los Iurcovich seguramente les servirá de inspiración para seguir componiendo.